Alejandro Ramos, de nacionalidad peruana, durante muchos años fue buzo pero desde hace cuatro años, minutos después de haber salido a la superficie, su cuerpo comenzó a hincharse y así se ha mantenido durante los últimos cuatro años.

Ramos era un hombre atlético de 1,60 metros de altura, pero viste camisetas gigantes que parecen sacadas del uniforme de un jugador de fútbol americano, Sus hombros apenas caben en ellas y la chaqueta azul que le resguarda del frío en invierno se la debe a un amigo que le añadió retazos del mismo color para que sus brazos pudieran entrar en las mangas.

Ramos, o como lo llama su familia, Willy, muestra la prenda con una mezcla de orgullo y cariño en la habitación del Centro Médico Naval que ocupa desde diciembre, cuando la Marina de Guerra del Perú le ofreció estudiar su caso.

Hasta ese momento, apenas había recibido tratamiento ante la falta de dinero y la vergüenza de salir a la calle con su nuevo cuerpo, pues del codo para abajo, sus brazos podrían pasar como los de cualquier hombre sano de 56 años, sus bíceps, con un contorno de 62 y 72 centímetros cada uno, los que hacen que se posen sobre él todas las miradas.

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