Son varias las comunidades que se han podido concretar gracias al internet. Lastimosamente no todas ellas responden a un interés común sano o ha ideas moralmente adecuadas; estos incluyen desde grupos supremacista y racistas hasta comunidades abiertamente misóginas. Mientras que el primero tiene un rechazo social alto en relación al número de personas que lo apoya, además de ser ampliamente controlado por las mismas plataformas, las comunidades que fomentan un tipo de masculinidad tóxica y altamente misóginas no parecen tener ningún tipo de control alguno.

Una de las más grandes personalidades de este medio ha sido Andrew Tate, un ex luchador profesional que se metió al mundo del podcast y como creador de contenido. Sus videos explícitamente verbalizan la dominación del hombre sobre la mujer, abordando una línea de superioridad abogando por la violencia contra la mujer. El podcaster ‘macho alfa’ ha sido vetado de las principales redes sociales por sus ideas, sin embargo, su cuenta en TikTok contaba con 11.600 millones de visitas antes de que fuese cancelada. En otras palabras, sus ideas ya se han sembrado en el ciberespacio.

Y no es solo Tate, pero hay miles de otras personalidades que han continuado con su legado o se posicionan al lado del mismo. El peligro yace en el tipo de modelo e influencia que es para los grupos de hombres jóvenes. Han aparecido ya diversos testimonios de estudiantes varones agrediendo o acosan a sus compañeras de secundaria.

Estos ‘influencers’ abogan y vocifera sobre los derechos de los hombres de ‘alto valor’ o ‘hipermasculinos’ alimentando la imagen de que el hombre exitoso es aquel que tiene dinero, es seguro de si mismo, influente, sexualmente dominante y con derecho a la sumisión de las mujer.

Por suerte existen varios grupos tratando de hacerle frente a esta tendencias. Desde personajes del cine hasta departamentos especializados como aquel que dirige Brette Steel, directora senior de Prevención de la Violencia Dirigida del Instituto McCain. Hacen sus mayores esfuerzos para evitar la proliferación de la masculinidad toxica tratando, por el contrario, incentivar la compasión, redirigir a las organizaciones masculines más prosociales y a representaciones más positivas de la masculinidad a través del desarrollar la resiliencia social en una edad critica, por ejemplo.

Otro personaje importante en esta lucha es Ted Bunch, cofundador de A Call to MEn (ACTM) quien afirma que «(La misoginia) enseña a los hombres que la agresividad, la violencia y la dominación de los demás están de alguna manera incrustadas en su ADN’’ pero “No es así. Es la forma en que se socializa a los hombres». En una sociedad patriarcal dominada por los hombres, a todos se les enseña que las mujeres y las niñas tienen menos valor, o que en algún nivel son propiedad».

ACTM procura dar a los hombres oportunidades de enseñar de forma diferente sobre lo que significa exactamente ser hombre. Concluye dicinod también que ‘‘la hombría sana es algo interior y exterior’’ y llama a que todos llamemos la atención o denunciemos comportamientos que promuevan ideas que hacen mucho mal a los hombres y ponen en peligro a las mujeres.

El Opus Dei vuelve a estar en la mira después de que varias jóvenes provenientes de Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia denunciaran a la organización por ‘trabajo de esclavitud’.

La denuncia tuvo lugar en Bueno Aires donde las victimas relatan que fueron menos preciadas en la institución siendo obligadas a trabajar 10 horas al día, a veces hasta más, sin ningún tipo de paga alguna. Los labores iban desde cocinas hasta lavar los baño y planchar la camisas.

Las jóvenes, que ingresaron al Opus Dei durante la adolescencia, no solo no recibían paga, pero eran altamente controladas y limitadas por los lideres de los particulares conventos. El maltrato físico no era anormal ni tampoco el psicológico llegando a convencer a las niñas que esa era su única vocación en la vida o como relata una de las acusantes ‘’Dios te está pidiendo que seas numeraria auxiliar’’ ‘’ O sea: lavar, planchar y cocinar el resto de mi vida’’.

Una experiencia de tortura

También se les eran revisadas las cartas que les llegaban a las numerarias desde afuera, se les prohibía ver televisión y solo podían escuchar las estaciones de radio que la organización veía pertinente. Así mismo, no se les permitía visitar a sus parientes, alguna de las niñas pensó en suicidarse mientras a otras les costó entenderse e integrarse, posteriormente, en un mundo donde ‘dios’ y el trabajo no era todo.

Lucía Giménez, tiene 56 años y es una de las denunciantes. Cuenta que entro al Opus Dei en Buenos Aries a los 16 años después de haber entrado en la orden su natal Paraguay con la promesa de recibir una educación superior que mejore su calidad de vida. Sin embargo, lo único que aprendió fue a cocinar, limpiar y otras tares domesticas para servir en las centros, residencias, y casas de retiro del Opus Dei.

Las acusaciones salen solo ahora por estigma. Tras preguntarles porque aceptaban las condiciones en su tiempo, las ahora mujeres respondieron que era por que no tenían tiempo de pensar’ o ‘hacer crítica’: ‘’Tenés que aguantar, porque tenés una entrega total con Dios’.

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