En la tauromaquia, las orejas son el símbolo por excelencia que premia una faena sobresaliente. Pero ¿qué historia tiene detrás?
En el mundo del toreo, los trofeos son una recompensa simbólica que reconoce la destreza del matador tras una faena destacada. Estos premios, que pueden ser una o dos orejas, o en casos excepcionales, las dos orejas y el rabo del toro, son otorgados a discreción del presidente de la plaza, quien responde a las peticiones del público y evalúa la calidad de la actuación.
El sistema de trofeos sigue un protocolo tradicional: cuando el torero ha mostrado valentía, técnica y arte frente al toro, el público agita pañuelos blancos para solicitar al presidente que conceda una oreja. Si la faena ha sido especialmente brillante, se pueden pedir dos orejas. Solo en ocasiones excepcionales, cuando la actuación es considerada magistral, el torero puede ser premiado también con el rabo.
Origen de esta práctica
El comienzo se remonta al siglo XVIII, cuando las corridas eran organizadas por instituciones como las Juntas de Hospitales y las Maestranzas de Caballería, según un artículo de culturo. En ese entonces, cuando un torero ejecutaba una faena excepcional, el público lo recompensaba con las carnes del toro, entregándole una oreja como prueba de su propiedad sobre el animal.
Esta práctica cambió cuando las corridas pasaron a manos de empresarios, quienes reemplazaron el trofeo físico por una onza de oro, algo que los toreros de la época veían más como una limosna que como un honor a su arte. Este sistema cayó en desuso hasta finales del siglo XIX.
El resurgimiento del trofeo animal
La reintroducción de la oreja como trofeo tuvo lugar el 29 de octubre de 1876 en la Plaza de Toros de Madrid. Ese día, el torero José Lara “Chicorro” deslumbró al público y, ante el entusiasmo, cortó la oreja de un toro llamado «Medias Negras».
Aunque esta premiación fue un hito, el reconocimiento formal de la oreja como trofeo establecido no llegaría hasta 1910. En esa ocasión, Vicente Pastor fue el torero que cortó la primera oreja oficialmente reconocida en la plaza de Madrid, tras una faena ante el toro «Carbonero» de la ganadería de Concha y Sierra. Desde entonces, el otorgamiento de orejas se fue expandiendo a otras plazas españolas.

Con el tiempo, las orejas adquirieron un valor cuantificable, transformándose en una manera de medir el éxito y las estadísticas de los toreros. Sin embargo, el criterio para concederlas no siempre ha sido uniforme. Algunas plazas se caracterizan por su rigurosidad, mientras que otras son más benevolentes en la entrega de este trofeo, generando así una disparidad en el valor del reconocimiento.
Uno de los momentos más insólitos en la historia del trofeo tuvo lugar el 29 de julio de 1934, cuando Fermín Espinosa “Armillita” ejecutó una faena tan excepcional en Barcelona que fue recompensado con dos orejas, el rabo, las cuatro patas y las criadillas del toro, lo que recuerda los días en que el matador se llevaba prácticamente al animal entero.
Hoy en día, la oreja sigue siendo un símbolo de gloria, pero también se ha convertido en un simple número que engorda las estadísticas de los toreros, perdiendo parte del prestigio que tenía en sus orígenes.