Aung San Suu Kyi

Está mañana el mundo se despertó intentando entender las complicadas noticias que viene de Myanmar. El país asiático fue testigo de un golpe de estado, que derrocó al partido de Aung San Suu Kyi, el día en que debían asumir de nuevo el control del parlamento.  

El golpe ocurre unos meses después de que Suu Kyi y su Liga Nacional por la Democracia ganaran un segundo periodo de gobierno en las elecciones de noviembre. Sin embargo la oposición, apoyada por los militares, venía denunciando un fraude sin presentar evidencias.

Para los analistas ha sido complicado entender la decisión de las fuerzas armadas de dar un golpe de estado. Aunque el país empezó su camino a la democratización en 2008, el ejército mantenía el 25% de los asientos en el congreso y poder sobre algunos ministerios claves. Esto les permitía un peso importante en las desciciones, y evitaba que el LND pudiese modificar la constitución.

“El sistema actual era profundamente beneficioso para los militares, tenían autonomía, un peso importante en la inversión extranjera y podían usar al gobierno civil para cubrir crímenes de guerra”, explica a la BBC Gerard McCarthy, profesor de la Universidad Nacional de Singapur. 

Aung San Suu Kyi se había convertido en una líder controversial a nivel internacional, su abandono de los ciudadanos de la etnia Rohingya ha sido señalado por figuras de la taya del Dalai Lama. En 2018, también fue señalada como responsable del arresto de dos periodistas de Reuters

La nueva junta militar por su lado ha anunciado que se mantendrá en el poder por un año, con la idea de llamar a elecciones posteriormente y reinstalar el sistema democrático. A pesar de eso los recuerdos de la dictadura han generado dudas en los ciudadanos sobre la intención del ejército.

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