Ildefonso Falcones abre “Letterature, Festival Internazionale di Roma”

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A los pies de la estatua ecuestre del Emperador Marco Aurelio en la plaza del Capidoglio, tuvo lugar ayer el primer encuentro de la XII edición de “Letterature, Festival Internazionale di Roma”. Bajo el título “Ognuno, ma proprio ognuno è il centro del mondo” (Cada uno, pero propio cada uno es el centro del mundo) se sucederán hasta el 1 de julio doce encuentros en los que se darán cita célebres autores de todo el mundo, que presentarán un testo inédito en lengua original. 

Por primera vez desde el 2002 el festival cambia escenario, de la imperial Basilica di Massenzio al Foro Romano a una plaza del Renacimiento ideada por el maestro Miguel Ángel alrededor de la cual se extienden los Museos Capitolinos, donde al inicio de la semana se inauguraba una exposición dedicada al artista. Un entorno más que apropiado para celebrar un evento en el que las artes se ponen al servicio del “hombre” totalmente gratis.

Y precisamente de arte, del arte de amar, de conversar habló Ildefonso Falcones. El escritor español fue el encargado de abrir el Festival con un discurso nostálgico en el que no faltó una buona dosis de ironía y humor que hizo reír al público en más de una ocasión. Desde el inicio, con la complicidad del viento que casi le lleva las anotaciones,  supo meterse al público en el bolsillo. Abogado de profesión tiene el don de la pluma, pero también de la palabra. De una palabra que ya no tiene el valor de un tiempo, “para decir te quiero basta escribir un emoticón”.

Dos pantallas gigantes a ambos lados del escenario traducían sus palabras en italiano, mientras con una voz firme recitaba en español un discurso en el que tuvo palabras para los marginados, las redes sociales y paradójicamente en un mundo hiperconectado, la falta de comunicación humana. “Ya nadie llama”, se lamentaba Falcones. En un mundo en el que falta la voz, se prefiere la intimidad de los mensajes en whatsapp, “Para que quien no tiene que enterarse no se entere”, le explicaron sus hijos cuando preguntó por qué no hablaban. “Un tiempo eran los cuchicheos al oído”, continuó.

Pero no solo las relaciones personales han cambiado, recordó cómo la tecnología había cambiado el modo de trabajar en el despacho de abogados, “no teníamos ni siquiera fax”. Fue uno de los momentos en los que un grupo de señoras que se encontraban entre el público comenzaron a reír e a asentir, quizás también ellas nostálgicas de aquel tiempo. La falta de seguridad en Internet o la importancia de la imagen o la dificultad de borrar una imagen de la memoria universal que representa la red, fueron otros de los temas tratados por Ildefonso. Al final, un deseo, una esperanza, “no permitamos que el medio nos devore”.


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